Si algún hombre, en algún sórdido ambiente, se acerca a ti y te invita a un buen escocés, un bourbon o hasta una buena ginebra no podrías negarle una copa. Incluso si fuera un desecho social él que se te acercara con cara de estar en una situación lamentable. Cara de necesitar entablar lazos sociales con alguien distinto, que no superior, a si mismo. Además, con una botella de whisky barato en la mano, no podrías negarle un trago para conversar. Incluso en el caso de que fuera un puto mafioso estafador el que te está ofreciendo su mejor reserva de Jhonnie Walker. Ya sabrías que luego intentaría destrozar el recipiente en el cual se encontraba el whisky sobre tu nuca, pero aún así, nunca podrías negarle esa copa.
En cambio, si te encuentras en alguna discoteca intentando, como ocasión extraordinaria, entablar lazos triviales con el resto de seres humanos y se acerca a ti la tímida morena del grupo, con esos ojos color miel. Profundos. Tan profundos que hasta pareces vislumbrar en el fondo de los mismos un leve tono verdoso. Como aquellas playas paradisíacas. Simplemente te mira, te sonríe y se acerca a ti mientras hace un leve movimiento lateral de cabeza. Ese es el movimiento en el que la mujer usa todo su encanto ya que en el momento en el que te sientes en la barra, habrás acabado. Habrás acabado de vivir en el mundo en el que vivías para mudarte a otro completamente nuevo. Lleno de placeres, sudor, pasión, sábanas, dolor y tantos otros sentimientos y detalles que levantan el vello de mis brazos cuando los evoco en mi mente. Pero desgraciadamente, este mundo te arrastra, como la primera vez que pruebas la heroína. Hacia el interior, cada día más al fondo, y cuando te encuentras sumamente sumido en su mas profunda miseria, aparece su nombre al fondo: Amor.
Libro: "Dracula" de Bram Stoker
Película: "Pulp Fiction" de Quentin Tarantino
Serie de TV: "Castle" de Andrew W. Marlowe
Canción: "El Roce de tu Cuerpo" de Platero y Tú